Te has convencido de que no servirías en una emergencia. ¿Y si estás equivocada?

Esto que te voy a contar es fuerte.

Y necesito que lo leas hasta el final porque tiene mucho que ver contigo. Más de lo que crees.

Pero antes, me presento.

Me llamo Vero Daimiel. Soy enfermera. Y me dedico a enseñar a familias cómo actuar cuando todo se tuerce.

Que se tuerce más veces de las que piensas, por cierto.

Pero no siempre he sabido lo que sé. De hecho, hubo un día en el que no supe absolutamente nada. Y casi le cuesta la vida a un señor.

Te cuento.

Tenía 21 años. Llevaba dos meses volando como azafata. Dos meses. Era una cría con uniforme y labios pintados que creía que sabía hacer cosas porque había aprobado unos exámenes.

Le iba a servir un café a un pasajero. Un café. En una tacita ridícula de esas de avión.

Y el tío se desplomó.

Así, sin más.

Delante de mis narices.

Silencio.

Bueno, silencio no. La mujer gritando. La hija gritando. Los pasajeros mirando. La gente asomando la cabeza por el pasillo como cuando hay un accidente en la autovía y todo el mundo reduce para cotillear.

¿Y yo?

Yo ahí. Quieta. Con la cafetera en la mano. Como una estatua con delantal.

Me sabía la teoría. Ojo, eh. Me la sabía. Había hecho un curso. Me sabía las siglas, los protocolos, los pasos.

Me sabía todo.

Y no hice nada.

Nada.

Llegó una compañera del otro pasillo y se encargó ella. El señor sobrevivió. Yo me fui a mi casa con ganas de meterme debajo de la cama y no salir.

¿Y sabes qué es lo peor?

Que el problema no era que yo fuese tonta. Ni cobarde. Ni blanda.

Me habían enseñado de la única forma que se enseñaba en este país: teoría, folios, siglas que no entiende ni el que las inventó, y unos exámenes tipo test.

Y eso, cuando tu cuerpo entra en modo pánico, no vale para una caca. Tu cuerpo no recuerda lo que leyó. Recuerda lo que ha hecho. Y yo no había hecho nada de verdad.

Ese día entendí algo que me cambió la vida. Y no es broma. Me la cambió literalmente.

Me metí de voluntaria en el SAMUR de Madrid. Emergencias reales. Gente real. Calle real. Ahí sí aprendí. Ahí tu cuerpo aprende porque no le queda otra.

Y después, estudié enfermería. Y lo que empezó con un "no quiero meter la pata otra vez" se convirtió en "voy a intentar que nadie la meta como la metí yo".

Llevo 6 años en colegios. Más de mil intervenciones al año. He formado a cientos de familias.

Pero escucha una cosa, porque esto es lo importante.

Cuando empecé a enseñar, me hice una promesa.

Así que pasando de protocolos que suenan a manual de electrodomésticos. Se acabaron los vídeos con niños sufriendo que te dejan peor de lo que estabas. Nada de tochos de teoría que se olvidan antes de salir del aula.

Yo enseño con historias. Con juegos. Con cosas que se te meten en el cuerpo y se quedan ahí. Porque si un día tu hijo se atraganta con una uva —y ojalá no pase, pero puede pasar—, lo único que te va a servir es lo que tus manos sepan hacer solas. Tu cabeza va a estar en pánico. Tus manos, si han practicado, no.

Y la forma de practicar es estar relajada, no en pánico porque te acaben de mostrar escenarios horribles.

Si quieres saber más sobre cómo enseño, te puedes apuntar aquí

Te escribo un mail de lunes a viernes y de regalo te cuento qué tienen en común la primera lección de primeros auxilios con un hippie de rastas que vendía collares en Malta.

Espera, espera. Que todavía no has terminado.

Me has dado tu email. Bien.

Pero hasta que no vayas a tu bandeja de correo y hagas clic en el enlace que te acabo de mandar, no estás dentro.

Es una cosa del RGPD. Yo no pongo las reglas.

El caso es que te he mandado un email con un botón. Lo pulsas y ya está. 3 segundos.

Si no lo ves, mira en spam o en promociones, que a veces se cuela ahí. Busca un email de Vero Daimiel.

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